martes, 30 de julio de 2013

MIRA ESA MESA




Mira ven, mi mesa es la de color azul “fuerte”.

Me arrastraba la pequeña Beatriz del dedo hasta situarme frente a una mesa de poca altura pero ancha en su diámetro.

Bea me presentó uno por unos a los inquilinos de aquella pequeña mesa, donde pasaban sentados casi un año coloreando, recortando e intentando meter unas letras enormes y feas entre unos cuadraditos que cada trimestre se hacían más pequeñitos y esa tarea era cada vez más difícil.

Ramón Buendía, o “Mon” como ellos le llaman. Gordito, de piernas cortas y brazos por debajo del culo. De pelo cobrizo y con el dedo en la nariz todo el rato. Por momentos, cuando está en el rincón del juego, parece la cría de un orangután. “Mon” a veces, se queda mirando a la pared y no ve nada, y no siente nada.

Sara Cañas, o “Sara C” como ellos la llaman.. Morena, de ojos rajados y pelo corto. Bea, al oído y en voz baja, me dice que Sara C se parece a Dora exploradora, se pone el dedo en los labios, nerviosa, - chissst no se lo cuentes a nadie... me habla en un susurro entre sonrisas.

Sara C lleva cada día una falda o un pantalón nuevo, y las felpas y cogidos del pelo van a juego con sus zapatos o deportivas.

Sara C se pasa todo el día sonriendo, abrazada a la profesora y al monitor de apoyo, pero al medio día, cuando la recogen, camina triste y con la mirada hacia el suelo.

Juan Antonio Martínez Cano, o Juan Antonio Martínez Cano como le llaman en la mesa azul “fuerte”. Delgado, estirado, de nariz aguileña y piel blancuzca, repite su nombre y apellidos cien veces al día, y su papá nunca sale del coche cuando viene a recogerlo.

Mario Espinosa, ” Mario” a secas. La ropa de Mario suele ser siempre la misma. Nunca termina la tarea y no logra meter las letras en los cuadraditos de la libreta, cuando se ponen a leer la cartilla, Mario se va al servicio y casi siempre se pierde la historia de la letra que aprenden ese día. Algunas veces lo recoge su mamá, pero casi siempre vienen muchos hombres diferentes y amigas de su madre, que mastican chicle con la boca abierta y no paran de mandar mensajes en sus teléfonos móviles.

Mario se agarra al cuello de su madre cuando viene, la besa y no quiere soltarse, pero ella no para de insultar a la pantalla de su teléfono móvil.

Y Beatriz Sanchez, o “Bea” que así es como llaman a nuestra pequeña amiga, que un día me imaginó de amigo y le acompañé a su clase y me presentó a todos los componentes de su mesa azul “fuerte”. Ella era la única que me veía, la única que hablaba conmigo, la única que me preguntaba preguntas de mayores porque no entendía muchas cosas.

“Mon” se pasa todo el día llorando y mirando a la pared, ¿porqué será?, ¿tú lo sabes?, me pregunta.

“Sara C” siempre está en las faldas de la profesora, ella es la que enciende y apaga la luz, sube y baja las persianas, siempre tiene el color rojo y nunca lo presta, ¿porqué será?, ¿tú lo sabes?, me pregunta.

“Juan Antonio Martinez Cano” anda de mesa en mesa repitiendo su nombre y apellido, empujando y dando patadas y bocados, nunca juega a nada todo le aburre y no comparte nada, ¿porqués será?, ¿tú lo sabes?, me pregunta.

“Mario” todavía se chupa el dedo mientras llora, llama a su madre constantemente, y el chándal del viernes lo lleva desde el lunes, ¿porqué será?, ¿tú lo sabes?, me pregunta.


…...al rededor de la mesa azul “fuerte” hay un mundo, una vida. Pasamos junto a ella sin mirarla, sin ver lo que sucede en esa mesa azul, sin participar en ella. A la pequeña Beatriz le podemos contar o contestar de mil maneras diferentes.

Conjeturas, ficción, chismes, cantos al sol cómo consejo. Ese es el problema.

Seguramente cada uno/a de vosotros/as, según ibais leyendo la presentación de cada niño os montabais una historia, una película de cada vida de ellos. Desafortunadamente en estos tiempos que corren de etiquetas e imposiciones, esas historias, esas películas, son desgraciadas, miserables, de terror. Es la solución a nuestro caos social. Crear y creernos historias más miserables que nuestra vida, alimentarlas y creérnosla. Así vivimos mejor, convenciendo a “Bea” que los demás no saben, que ellos tienen la culpa de todo, y que se apañen, que ellos resuelvan sus problemas, y los míos por supuesto.

Nunca les preguntamos a los niños. Miramos a sus padres, a sus madres, de arriba abajo, y los sentenciamos.

Estáis leyendo esto, y asentís con la cabeza, y reconocéis estas situaciones, porque esto pasa a diario, en el colegio, en la cola del mercado, en la sala del centro de salud, en el bar, en los vestuarios del trabajo. Así hasta el infinito, en cada momento, en cada apretón de manos cuando conocemos a otra persona, en esa mirada de una milésima de segundo, antes de besarse las mejillas cuando te presentan a “esa” mujer.

Vivimos atrapados en un mundo de etiquetas impuestas.

Bueno vecinas y vecinos, hace tiempo que no me asomo al balcón, pero es que soy más de frío y escarcha, y este sol...uff, como calienta.

Después de leer esto, resolverme una pregunta.


¿Por qué me creo “Bea”?, ¿Por qué me imaginó?


Buenas noches vecinas y vecinas